jueves, 22 de mayo de 2008

Quilmes, 16 de mayo de 2008.-

A vos que me
acercaste unas líneas:

Me crucé con tu papel, casi descuidadamente, sobre mi lugar de trabajo, o entre las hojas de un libro o sobre la mesa de la cocina, sabiendo que el encuentro sería inevitable.

A veces fueron pocas palabras, las mínimas indispensables para que el mensaje llegara a destino sin errores de interpretación.

A veces tu carta se empequeñeció y se convirtió en dedicatoria en la primera página de un regalo, o se hizo la minúscula invasión de unos pocos vocablos en uno de los márgenes de esa agenda mía tan llena de “querer hacer y no poder”.

A veces cruzó el océano o el desierto patagónico, habló de soledad de lejanía, de estar donde se debe pero no se quiere. Ausencia larga de esas que nos hacían languidecer cuando aprendíamos las primeras letras en la cuestión de amar.

Una carta dijo que teníamos que despedirnos, o encontrarnos para siempre; una carta pidió perdón algunas veces y lo dio otras tantas. Carta al futuro o al pasado, carta abierta, carta marcada, cartas sobre la mesa, carta en la manga, cartón lleno, carteles de venta, última carta, mensaje, postal del alma, ventana interior, sello, estampilla, matasello, mata el alma, mata la soledad, mata la pena, carta…

Esquela de puntas redondeadas de tanto peregrinar bolsillos, tarjeta ajada, ennegrecida, caricia exagerada y rumor de amores infantiles o, cuando menos, desencontrados. Humedad de lágrima o de beso, dibujo corrido, maquillaje descuidado y porción de tiempo. ¡Siempre el tiempo!

Estás ahí, vuelvo a tus papeles, leo una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez todas las líneas con todas las posibles formas de amor. Carta de cruel y lastimada ortografía, o carta pulida, pulcra, clara. Vuelvo, vuelvo, vuelvo y cada vez soy yo que vuelve a amar o no, a sufrir o no, pero sí a ser el que era, ese que, lleno de intrigas, desgarró un sobre y lo guardó con estampillas y todo, el que descubrió tu huella entre miles de otros papeles.

Tu letra me hace bien, tu palabra será eterna mientras yo conserve para mí esos baratos documentos. Sólo yo sé qué hay detrás de tus caligrafías. Sólo yo sé que vos sabés. Sabemos. Nada más que eso.

Estaremos siempre y no habrá más muertes ni despedida. Guardá mis palabras, guardo las tuyas. Aún las duras, aún las dolorosas. Que estén con vos. Conmigo las tuyas.

Con toda la eternidad que da un pedazo de papel. Gracias.


Pedro.





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